Estudiar con miedo.


Hay noticias que uno lee y continúa con el día; y hay otras que se quedan, se quedan porque tienen un nombre, un rostro, una edad, porque nos recuerdan a alguien, porque pudieron haber ocurrido en nuestra calle, en nuestro pueblo, en el camino que tantas veces hemos recorrido.

Eso me pasa cuando pienso en lo que está viviendo la comunidad estudiantil de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, no puedo mirar este momento solamente como una noticia.

Durante los años 2016-2018 tuve el honor de ser Consejero Universitario Alumno de la UAEM, aquella etapa me permitió conocer, desde un espacio de representación, la vida interna de nuestra Universidad: sus discusiones, sus diferencias, sus preocupaciones, sus esperanzas y, sobre todo, la enorme responsabilidad que significa hablar en nombre de otros estudiantes.

Por eso, cuando hoy veo a jóvenes universitarios organizándose, protestando, levantando la voz y exigiendo seguridad, no puedo evitar recordar aquellos años. Ha cambiado mucho la Universidad; ha cambiado mucho Morelos; pero hay algo que no debería cambiar nunca: el derecho de nuestros jóvenes a regresar a casa.

La Universidad también vive en nuestras calles.

A veces pensamos que la Universidad comienza en la puerta de una facultad; No es así. La Universidad comienza mucho antes, comienza cuando los jóvenes salen de su casa para asistir a clases, cuando espera el transporte, cuando camina por una calle, cuando sube a un autobús, cuando cruza una colonia, cuando llega a su Unidad Académica, a su escuela y a su salón de clases, y continúa cuando termina la última clase y emprende el camino de regreso. La Universidad vive en cada uno de esos trayectos.


Por eso la violencia que alcanza a un estudiante no puede considerarse un asunto ajeno a la comunidad universitaria, y menos ajeno a la sociedad; y por eso tampoco debería considerarse un asunto ajeno a nosotros; porque los estudiantes de la UAEM son nuestros hijos, nuestros hermanos, nuestros amigos, nuestros vecinos; las y los Universitarios, SON MORELOS. 

Kimberly y Karol.


El año comenzó con dos historias que marcaron profundamente a la comunidad universitaria, las desapariciones de Kimberly y de Karol. 

Kimberly Joselin Ramos Beltrán, de 18 años, desapareció en febrero. Días después fue localizada sin vida.

Poco después desapareció Karol Toledo Gómez, también estudiante de la UAEM. Su cuerpo fue localizado posteriormente y su muerte fue investigada como feminicidio.

Detrás de sus nombres hay familias, hay madres y padres que seguramente todavía se preguntan por qué..., hay amigos que conservan conversaciones en sus teléfonos, hay fotografías que ahora significan algo distinto, hay lugares en las aulas que ya no volverán a ocuparse; Y hay una comunidad universitaria que comenzó a preguntarse algo que debería parecernos imposible: ¿Estamos seguros cuando vamos a estudiar? 

El paro estudiantil. 

El 2 de marzo de 2026 comenzó el paro estudiantil de la UAEM. No nació de una ocurrencia ni de un capricho, nació del miedo, de la indignación y de la exigencia de justicia; y luego surgió La Resistencia Estudiantil.

La Resistencia.

Después vino la organización; la Resistencia Estudiantil UAEM logró reunir distintas expresiones de la comunidad universitaria y convertir el descontento en demandas concretas; el pliego petitorio incorporó exigencias relacionadas con seguridad, protocolos, participación estudiantil, garantías para quienes participan en el movimiento y otras condiciones necesarias para desarrollar la vida universitaria.


La UAEM abrió mesas de diálogo y comenzó un proceso que ha sido largo, difícil y, en ocasiones, tenso; no todo ha sido sencillo, tampoco tendría por qué serlo; y es que cuando una comunidad está herida, dialogar requiere paciencia; y cuando existe desconfianza, construir acuerdos requiere todavía más; Pero hay algo que me parece importante reconocer: los estudiantes decidieron organizarse.


Y organizarse también es una forma de participar en la vida pública. Podemos estar de acuerdo o no con las formas de protesta, podemos cuestionar algunas decisiones, podemos discutir la duración del paro o sus consecuencias académicas; pero no deberíamos olvidar nunca aquello que lo originó. Antes de juzgar una protesta, quizá deberíamos escuchar el miedo que existe detrás de ella.

El autobús que terminó en otro lugar.

Y entonces ocurrió algo que, en circunstancias distintas, quizá habría parecido solamente un error de operación. El 28 de agosto, alrededor de treinta estudiantes de la UAEM viajaban desde Chamilpa hacia Cuautla en un autobús de Transportes Estrella Roja de Cuautla. El autobús tomó una ruta equivocada y terminó en la Ciudad de México.

Los estudiantes comenzaron a darse cuenta de que algo no estaba bien y avisaron a sus familias; la Universidad activó sus protocolos de seguridad.; la unidad fue localizada y los estudiantes pudieron regresar a Morelos.

Después, la explicación ofrecida por la empresa y la representación de CANAPAT fue sencilla: “error humano”, Y quizá eso fue; no existe, hasta donde se ha informado públicamente, evidencia para afirmar que se trató de otra cosa.

Pero hay algo que no podemos ignorar: el contexto; cuando una comunidad universitaria lleva meses hablando de desapariciones, asesinatos y seguridad, un autobús que cambia de ruta sin explicación inmediata produce miedo, no porque debamos convertir cada error en una conspiración, sino porque el miedo tiene memoria, y ese día, seguramente, muchos padres y madres recordaron todas las veces que habían escuchado: “Ya salió de la escuela", “ya va para la casa", "ya casi llega". 

La seguridad no debería depender de que al final todo haya salido bien. Un error humano puede ocurrir, pero las empresas deben construir mecanismos para que un error humano no termine convertido en una tragedia.

Michelle.

Después vino otro nombre, el de Michelle Itzayana Fuentes Calderón, otra estudiante, otra familia, otra vida que terminó demasiado pronto; y nuevamente apareció la pregunta que parece perseguirnos: ¿Cuántas veces tenemos que preguntarnos lo mismo antes de comenzar a hacer algo diferente?

Porque una sociedad no puede medir su seguridad solamente por las estadísticas. Las estadísticas son importantes, pero detrás de cada número estadístico existe una persona y detrás de cada persona existe una historia.

Claudia, la española. 



Ahora tenemos que hablar de Claudia.

Claudia Tacoronte Aguilera, estudiante española de 21 años de la Universidad de Granada, se encontraba en Morelos realizando un intercambio académico en la UAEM, hacía un mes, en agosto, que iniciaba su estadía en el Instituto de Ciencias de la Educación (ICE). 

Había venido a estudiar, a conocer, a vivir una experiencia universitaria, a llevarse un poco de Morelos consigo.

El 12 de septiembre fue asesinada en Cuautla; la noticia me produjo una tristeza difícil de explicar, porque Claudia no solamente era una joven, era una estudiante, era alguien que había cruzado un Océano Atlántico para venir a aprender; y terminó encontrando la muerte aquí.

No quiero hacer de su nacionalidad el centro de la historia, al contrario, quiero recordar que antes que española, mexicana, morelense, universitaria o extranjera, Claudia era una persona, una joven de 21 años; y ninguna sociedad puede considerarse verdaderamente humana cuando sus jóvenes tienen que aprender a vivir con miedo.

Lo que estamos dejando a nuestros jóvenes.

Quizá ésta sea la pregunta que más me preocupa, ¿qué Morelos estamos dejando?, ¿qué estamos enseñando a nuestros jóvenes?, ¿que deben cuidarse solos?, ¿que no deben salir de noche?, ¿que deben compartir su ubicación?, ¿que deben avisar cuando suben a un transporte?, ¿que deben desconfiar de todos?

Claro que debemos tomar precauciones, pero no podemos convertir la prevención en una manera elegante de decirle a las víctimas que debieron cuidarse más. 

La responsabilidad principal de la seguridad corresponde a las instituciones, a quienes tienen la obligación de prevenir, a quienes deben investigar, a quienes deben procurar justicia, a quienes tienen la responsabilidad de gobernar y también a nosotros como sociedad.

Porque la violencia no aparece de la nadas, se alimenta de la indiferencia, del silencio, de la impunidad, de la normalización de esa terrible frase que tantas veces escuchamos: “Así son las cosas.”; mi respuesta a esta frase es: No, no deberían ser así.

Recuerdo la Universidad que conocí.

Cuando fui Consejero Universitario Alumno, entre 2016 y 2018, también conocí conflictos, diferencias y discusiones. Pero recuerdo algo que considero esencial: la Universidad siempre fue un espacio para aprender a disentir.

Aprendíamos que no pensar igual no significaba ser enemigos, que la representación tenía responsabilidades, que las decisiones colectivas podían ser difíciles, que el diálogo no significaba renunciar a las convicciones.

Y hoy creo que necesitamos recuperar precisamente eso, la Universidad necesita siempre estudiantes críticos, necesita autoridades capaces de escuchar, necesita profesores que acompañen, necesita trabajadores comprometidos, necesita instituciones de seguridad que respondan, pero, sobre todo, necesita recuperar la confianza. Porque sin confianza, cualquier protocolo termina siendo un papel, y cualquier acuerdo termina siendo solamente una fotografía.

Lo que somos.

Quizá ésta sea también una historia sobre lo que somos como sociedad. Morelos tiene una enorme riqueza humana; tenemos pueblos con memoria, tenemos comunidades que se organizan, tenemos jóvenes que participan, tenemos estudiantes que levantan la voz, tenemos personas que todavía creen que las cosas pueden cambiar.

La Resistencia Estudiantil UAEM es, con todos sus retos y contradicciones, una expresión de esa sociedad que se niega a permanecer callada, y las autoridades también tienen una oportunidad histórica, no solamente para resolver un conflicto universitario, sino para demostrar que escuchar a los jóvenes puede, y debe, convertirse en una política de Estado.


Una última reflexión.

He escrito muchas veces en esta Bitácora sobre Tepoztlán, sobre nuestras comunidades, nuestra memoria y aquello que somos; hoy escribo sobre la Universidad porque también forma parte de nuestra historia.

Muchos de nosotros llegamos a ella siendo jóvenes y salimos de sus aulas con una manera distinta de mirar el mundo.

Ahí hicimos amigos, ahí aprendimos, ahí nos enamoramos de algunas ideas y discutimos otras, ahí comenzamos a entender que la sociedad podía transformarse, por eso duele verla atravesar este momento.

Y por eso creo que no debemos mirar el paro estudiantil únicamente desde la comodidad de quien está afuera. Hay que mirar a los jóvenes, escucharlos, entenderlos, acompañarlos, y también exigirles responsabilidad, porque toda lucha que aspira a transformar debe ser capaz de construir.

A la Universidad le corresponde escuchar; a los estudiantes, participar; a las autoridades, garantizar; a la sociedad, acompañar; y a todos nosotros nos corresponde no olvidar.

Porque al final, detrás de cada discusión sobre seguridad hay una pregunta mucho más sencilla y mucho más humana: ¿Queremos un Morelos donde nuestros jóvenes tengan miedo de estudiar, o un Morelos donde puedan salir de casa con la certeza de que volverán? Yo quiero el segundo, y creo que todavía estamos a tiempo de construirlo.

Pero para hacerlo necesitamos algo que a veces parece sencillo y, sin embargo, es profundamente difícil: no acostumbrarnos al miedo.

Porque cuando dejamos de indignarnos ante la violencia, comenzamos a aceptarla, y yo, al menos, no quiero aceptar que ésta sea la normalidad que heredemos a quienes vienen detrás de nosotros, esta también es nuestra Universidad, estos también son nuestros jóvenes, y éste también es nuestro Morelos.

Publicar un comentario

0 Comentarios